AGRO

Publicado 09/02/2026

Tokenizar la tierra: cuando el campo se cruza con la blockchain y la energía del futuro

La Argentina vuelve a discutir la liberación y flexibilización de los límites a la compra de tierras rurales por extranjeros. En paralelo, a escala global, la tokenización de activos reales (RWA) deja de ser un concepto experimental y empieza a consolidarse como infraestructura financiera.
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La Argentina vuelve a discutir la liberación y flexibilización de los límites a la compra de tierras rurales por extranjeros. En paralelo, a escala global, la tokenización de activos reales (RWA) deja de ser un concepto experimental y empieza a consolidarse como infraestructura financiera.

El cruce entre ambos procesos abre un escenario nuevo: tierra + tokens como base para negocios vinculados al agro, el real estate rural y, cada vez más, la geopolítica de los minerales críticos.

 

Matías Bari, CEO de Satoshi Tango

 

El análisis es de Matías Bari, CEO de Satoshi Tango, quien advierte que durante décadas hablar de tierra en Argentina implicó producción, arraigo, soberanía y conflicto, pero que hoy se suma otra capa decisiva: convertir derechos sobre activos físicos en instrumentos digitales programables, capaces de ofrecer liquidez, trazabilidad y nuevos vehículos de inversión. La pregunta central ya no es si estas tendencias van a convivir, sino quién va a construir el puente que permita que uno de los activos más ilíquidos del mundo empiece a operar con lógica de mercado digital sin perder seguridad jurídica.

En diciembre de 2025, el Consejo de Mayo volvió a poner en agenda la modificación del régimen de tierras rurales, en un contexto atravesado por debates judiciales alrededor del DNU 70/2023 y la posible derogación de la Ley de Tierras 26.737. Más allá de posiciones ideológicas, hay un dato operativo: cuando el marco regulatorio se mueve, el capital observa. Y cuando el capital observa, exige respuestas claras sobre cómo entra, cómo sale, cómo fracciona riesgo, cómo audita y cómo cobra renta. Ahí es donde la tokenización deja de ser un eslogan y pasa a ser una herramienta concreta.

 

 

Tokenizar no es magia. Implica representar digitalmente un derecho exigible —de propiedad, de usufructo, de cobro o de participación en renta— sobre un activo real, con reglas claras de emisión, transferencia y liquidación. El mercado RWA ya se mide con datos: plataformas de analítica muestran decenas de miles de millones de dólares en activos representados on-chain, con fuerte peso de stablecoins y una expansión sostenida hacia otros bienes físicos. Proyecciones de consultoras como McKinsey estiman que la capitalización de activos tokenizados podría rondar los US$2 billones hacia 2030, sin contar criptomonedas o stablecoins. Cuando un sistema alcanza esa escala, deja de ser tendencia y se vuelve infraestructura.

La tierra, paradójicamente, reúne condiciones ideales para ser un RWA de manual: valor relativamente estable, altísima iliquidez y gran diversidad económica según ubicación y uso. La tokenización apunta a resolver la fricción de la iliquidez sin destruir el valor del activo, mediante fraccionamiento económico, mercados secundarios regulados y reglas programables de transparencia, auditoría y pago de rentas.

Pero el punto crítico, subraya Bari, es que tokenizar tierra no es “subir un campo a la blockchain”. Requiere estructuras jurídicas sólidas —fideicomisos, SPV u otros vehículos— donde el token represente un derecho claro, verificable y exigible fuera de la cadena. Si se hace bien, la oportunidad es significativa: usar tierra como colateral más eficiente, habilitar financiamiento productivo, securitizar flujos futuros y atraer inversores que hoy no pueden entrar por ticket mínimo o fricción operativa.

 

 

Esto abre la puerta a un nuevo negocio: pasar de vender tierra como bloque indivisible a ofrecer exposición económica modular. En un contexto global de incertidumbre, los activos reales vuelven a ganar protagonismo, pero con una condición nueva: el inversor exige liquidez, datos y salidas claras. Estructuras tokenizadas permiten ampliar —no reemplazar— la inversión tradicional y generar algo históricamente escaso en el agro argentino: capilaridad financiera.

A este escenario se suma un segundo motor estratégico: la transición energética y los minerales críticos. La Agencia Internacional de Energía advierte que, en escenarios de “net zero”, la demanda de minerales críticos se triplica hacia 2030, con cadenas de suministro altamente concentradas. En el caso de las tierras raras, China concentra cerca del 60% de la minería y más del 90% del refinado, además de dominar la producción de imanes permanentes. En este contexto, el suelo empieza a valer no solo por lo agrícola, sino por su potencial energético-mineral y su ubicación geopolítica.

Cuando la tierra se vuelve estratégica, el capital global exige reglas claras, trazabilidad y mecanismos eficientes de inversión. Otra vez, la tokenización aparece como infraestructura. Pero también aparecen riesgos concretos: riesgo legal, registral, fraude, impacto reputacional y regulatorio. Sin compliance, auditoría y custodia confiable, el mercado se cierra.

 

 

La conclusión que plantea Matías Bari es clara: si el debate sobre la compra de tierras se acelera en 2026, Argentina puede quedar atrapada en la discusión clásica o puede ir un paso más allá y modernizar el mercado para hacerlo más transparente, accesible y financiable. La tokenización de activos reales no es una moda, sino una dirección del sistema financiero global. Tokenizar tierra y activos vinculados al agro puede convertirse en el próximo gran negocio, porque resuelve fricciones históricas y dialoga con la agenda del mundo que viene: energía, minerales críticos y trazabilidad.

El futuro no es tierra o tecnología. El futuro es tierra + tecnología + reglas claras. Y en ese cruce, Argentina tiene la oportunidad de exportar algo más valioso que commodities: infraestructura financiera para activos reales.