Los centros de datos dejaron de ser simples edificios destinados a almacenar información y se convirtieron en una de las principales fuentes de inversión extranjera del mundo. Durante 2025 captaron más de US$270.000 millones, equivalentes a más de una quinta parte del valor global de los proyectos de inversión greenfield —aquellos que se construyen desde cero—, según un informe de ONU Comercio y Desarrollo (UNCTAD).
La expansión de la inteligencia artificial explica buena parte de este fenómeno. Entrenar y operar modelos avanzados exige miles de procesadores, conexiones de alta velocidad, sistemas de refrigeración y un suministro eléctrico continuo. Francia recibió alrededor de US$69.000 millones en proyectos de centros de datos durante 2025, seguida por Estados Unidos con US$29.000 millones y Corea del Sur con US$21.000 millones. Brasil también se ubicó entre los diez principales destinos, lo que demuestra que América Latina ya participa de la competencia.

Las ventajas argentinas
La Argentina tiene condiciones naturales y técnicas que podrían colocarla dentro de ese mapa. Dispone de grandes extensiones de terreno, importantes reservas de gas, capacidad nuclear y un enorme potencial eólico en la Patagonia y solar en el noroeste. Además, más de una cuarta parte de la electricidad generada en el país proviene de fuentes renovables, incluyendo la generación hidroeléctrica, de acuerdo con la Agencia Internacional de Energía.
La conectividad internacional también mejoró. El país está conectado mediante cables submarinos como Malbec, que lo enlaza con Brasil, Estados Unidos y otros mercados, y Firmina, desplegado por Google para ampliar la capacidad de transmisión internacional. Buenos Aires concentra la mayor parte de la infraestructura existente, la fibra óptica, los clientes corporativos y el personal especializado.
El mercado local todavía es pequeño, pero crece. La Argentina cuenta con alrededor de 22 centros de datos de colocación operativos y el sector facturó aproximadamente US$76 millones en 2024. Las proyecciones privadas estiman que podría alcanzar los US$156 millones en 2030, con una capacidad utilizada cercana a 72 megavatios. Es una escala reducida frente a Brasil, México o Chile, aunque refleja que existe una base empresarial y técnica sobre la cual avanzar.

El cuello de botella será la electricidad
La principal dificultad argentina no es la disponibilidad teórica de recursos energéticos, sino la capacidad para llevar electricidad firme y confiable hasta el lugar donde se instale el centro de datos. Una resolución oficial reconoció que, aunque la potencia instalada venía aumentando alrededor de 900 MW por año, la disponibilidad efectiva era menor y no acompañaba el crecimiento del pico de demanda, estimado en aproximadamente 1.000 MW anuales.
Un complejo de 500 MW podría demandar, de manera continua, una potencia comparable a la de una gran ciudad. Eso obligaría a construir generación dedicada, líneas de alta tensión, subestaciones, sistemas de respaldo y almacenamiento energético. No alcanzaría con ofrecer viento, sol o gas: la energía tendría que estar disponible las 24 horas y bajo contratos previsibles durante décadas.
También será necesario resolver el uso del agua. Algunos centros de datos utilizan grandes cantidades para refrigerar sus servidores, aunque existen alternativas mediante circuitos cerrados, refrigeración por aire o sistemas que reducen el consumo. En regiones patagónicas con estrés hídrico, los estudios de impacto ambiental y la información pública deberían realizarse antes de aprobar los proyectos.

Incentivos, pero también una estrategia nacional
El RIGI ofrece beneficios fiscales, aduaneros y cambiarios, además de estabilidad jurídica por 30 años para grandes inversiones. En 2026 el Gobierno también presentó el denominado Súper RIGI, pensado para proyectos superiores a US$1.000 millones en inteligencia artificial, semiconductores, infraestructura digital y otras industrias avanzadas. El incentivo puede mejorar la competitividad, pero por sí solo no garantiza la llegada de un centro de datos.
Para capturar beneficios duraderos, la Argentina necesitaría exigir o promover empleo especializado, capacitación, contratación de proveedores nacionales, inversión en redes eléctricas, infraestructura compartida y acceso local a capacidad de cómputo. Los centros de datos movilizan enormes cantidades de capital durante su construcción, pero una vez operativos no siempre generan tantos puestos de trabajo directos como una fábrica tradicional.
La respuesta, por lo tanto, es que la Argentina está parcialmente preparada. Tiene energía potencial, territorio, conectividad, profesionales tecnológicos y un marco de incentivos más atractivo. Pero aún debe transformar esas ventajas en infraestructura eléctrica disponible, permisos previsibles, controles ambientales modernos y estabilidad económica. La oportunidad existe: lo que falta es demostrar que el país puede convertir anuncios multimillonarios en centros de datos efectivamente construidos y conectados.