Finlandia no construyó su desarrollo sobre grandes recursos naturales ni sobre ventajas extraordinarias. Entendió hace décadas que su principal riqueza eran las personas y por eso apostó masivamente a la educación, la innovación, la ciencia y la tecnología. Entendieron que, sin petróleo, sin minerales estratégicos y sin grandes ventajas geográficas, su único camino posible hacia el crecimiento era desarrollar talento en las personas, conocimiento y capacidad de organización social. Existe una decisión muy profunda: construir comunidad.
Sin embargo, lo más importante que encontramos no fue lo tecnológico sino lo cultural. Fue un viaje que nos incomodó por un sentimiento de alerta y llamado de atención a lo que estamos viviendo en la Argentina y nos obliga a repensar todo.
En Finlandia, el 99% de los servicios públicos están digitalizados. En Estonia, el Estado prácticamente funciona en tiempo real; los organismos comparten información, los ciudadanos no pierden tiempo haciendo trámites repetitivos y la tecnología está puesta al servicio de simplificar la vida cotidiana. Allí conocimos el trabajo de Startup Estonia y el enorme nivel de coordinación estratégica entre el sector público y privado para construir un país competitivo, moderno y eficiente.
Finlandia además tiene otra particularidad que interpela especialmente a la Argentina. Es un país pequeño, con una geografía extremadamente hostil. Cerca del 70% de su territorio está cubierto por agua y bosques, y gran parte del resto son pantanos o tierras de baja productividad.
Las sociedades nórdicas entendieron hace décadas que el progreso individual sólo es sostenible cuando crece junto al conjunto de la sociedad. No organizaron sus países alrededor de la especulación ni del éxito aislado, sino alrededor de un pacto colectivo de desarrollo basado en la confianza.
Para los nórdicos la libertad no no tiene que ver con la disminuir el tamaño del Estado, la libertad es poder vivir seguro, educarse bien, acceder a servicios eficientes y confiar en las instituciones. Eso requiere un Estado robusto, transparente, íntegro y altamente profesionalizado.

Finlandia decidió invertir masivamente en educación durante décadas. Estonia apostó a la digitalización total del Estado después de atravesar enormes crisis y limitaciones económicas. Ninguno de esos países tenía ventajas naturales extraordinarias. No eran “distintos” a nosotros. Son seres humanos organizados políticamente detrás de objetivos comunes.
Esa quizás sea la principal enseñanza para la Argentina. Nuestra Patria no está condenada al fracaso, pero tampoco estamos habilitados a seguir desperdiciando oportunidades históricas.
Mientras el mundo discute inteligencia artificial, hiperpersonalización de servicios públicos, transiciones energética, interoperabilidad estatal y ciudades inteligentes, en Argentina todavía convivimos con estructuras fragmentadas, burocracias analógicas y niveles alarmantes de descoordinación y superposición entre Nación, provincias y municipios.
Necesitamos discutir seriamente una Ley Nacional de Interoperabilidad que conecte al Estado argentino. Un sistema donde los distintos niveles de gobierno compartan información, eliminen duplicaciones, reduzcan costos y mejoren la experiencia ciudadana.
Esto facilita la vida de los ciudadanos no deberían cargar una y otra vez los mismos papeles para demostrarle al Estado quién es. El Estado ya debería saberlo. Esto no es un debate tecnológico, es estrictamente un debate político. Tampoco es un debate sobre si el Estado debe ser “grande” o “chico”. La verdadera discusión es si el Estado funciona o no funciona. La eficiencia no tiene ideología.
Por eso, de cara al 2027, cuando Argentina vuelva a discutir un proyecto presidencial, proyectos provinciales y locales, estos temas deberían ocupar el centro de la escena. El peronismo —y gran parte del sistema político argentino— tiene una enorme responsabilidad histórica.
Debe volver a juntarse, pero no solamente para elegir candidatos o resolver internas electorales. Tiene que reunirse para diseñar un programa de desarrollo nacional serio, moderno y orientado al futuro. Un programa que entienda que la soberanía del siglo XXI basada en la Justicia Social también se construye con datos, interoperabilidad, educación, innovación y capacidad estatal. No alcanza con administrar crisis eternas, hay que volver a imaginar una Argentina potente, grande y protagonista.
Porque si Finlandia y Estonia pudieron levantarse de manera organizada, con tan poco, nosotros también podemos hacerlo. La diferencia no está en la genética ni en la suerte de donde nació cada uno. La diferencia está en la decisión colectiva de construir un país que piense más allá de la próxima elección y pueda construir una Argentina que impulse finalmente el desarrollo federal y para todos.
El autor de la nota es especialista en Ciudades Inteligentes y militante del PJ