MERCADOS

Publicado 11/02/2026

Quién es el banquero de Musk que planea el futuro de SpaceX

Entre sus manos está el IPO más esperado de Wall Street. Qué cambia si la empresa espacial sale a la bolsa.
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Entre sus manos está el IPO más esperado de Wall Street. Qué cambia si la empresa espacial sale a la bolsa.

Durante más de dos décadas, SpaceX fue una anomalía en el corazón del capitalismo tecnológico. Mientras otras compañías de Silicon Valley crecían con capital público, Elon Musk construyó el proyecto espacial más ambicioso del siglo XXI bajo el paraguas del mercado privado, combinando contratos estatales, financiamiento de riesgo y una narrativa de largo plazo que evitó, hasta ahora, el escrutinio de Wall Street. Ese equilibrio comienza a modificarse.

La señal no llegó en forma de anuncio oficial, sino a través de un movimiento clave en el sistema financiero estadounidense. Michael Grimes, uno de los banqueros más influyentes de Silicon Valley y hombre de máxima confianza de Musk, regresó a Morgan Stanley para ocupar un rol central en banca de inversión. En el mundo financiero, el mensaje fue inmediato: la preparación de la salida a bolsa de SpaceX dejó de ser una especulación y pasó a formar parte del calendario real.

 

 

Grimes no es un banquero convencional. Forjó su reputación liderando algunas de las ofertas públicas iniciales más importantes de la era tecnológica, desde Facebook y Uber hasta Airbnb y Palantir. Pero su verdadero diferencial es otro: es uno de los pocos interlocutores que Musk acepta cuando se trata de valuación, control y estrategia financiera. En momentos críticos de Tesla y en operaciones sensibles vinculadas a X, el empresario recurrió a su criterio para navegar mercados hostiles y escenarios políticos complejos.

Su figura adquiere un peso adicional por su reciente paso por el Departamento de Comercio de Estados Unidos. Ese tránsito entre el sector público y Wall Street refuerza una lectura clave para el caso SpaceX: la empresa no es solo una compañía tecnológica, sino un engranaje central de la infraestructura estratégica estadounidense, con contratos militares, vínculos con agencias federales y un rol decisivo en el ecosistema espacial y de comunicaciones globales.

La evetual salida a bolsa de SpaceX implicaría mucho más que una operación financiera récord. Significaría un cambio profundo en el régimen bajo el cual opera la compañía. Convertirse en empresa pública obligaría a exponer con un nivel de detalle inédito sus números, riesgos y dependencias, desde la rentabilidad real de Starlink hasta los costos y plazos de desarrollo de Starship, pasando por la magnitud de su vínculo con el Estado norteamericano. El mercado público exige transparencia, métricas auditables y una narrativa menos épica y más contable.

 

 

También modificaría la dinámica de poder interna. Un SpaceX cotizando en bolsa incorporaría nuevos actores con capacidad de influencia, desde grandes fondos institucionales hasta reguladores y estudios legales especializados en litigios corporativos. La lógica de la misión y la visión de largo plazo deberían convivir con la presión trimestral del mercado, un terreno históricamente incómodo para Musk.

Para Wall Street, en cambio, el atractivo es evidente. SpaceX permitiría, por primera vez, poner precio de mercado a la economía espacial como sector. Lanzamientos, conectividad satelital, infraestructura orbital y defensa convergerían en un único activo de referencia. No es casual que bancos de inversión como Morgan Stanley lleven años proyectando que la industria espacial podría transformarse en una economía de escala billonaria en las próximas décadas. SpaceX sería el vehículo que cristalice esa tesis.

Las conversaciones preliminares, según reconstrucciones de la prensa financiera internacional, ubican a Morgan Stanley, Goldman Sachs, JPMorgan Chase y Bank of America como los bancos mejor posicionados para liderar la operación. Las valuaciones que circulan son inéditas, con estimaciones que rondan el billón y medio de dólares y una recaudación potencial de decenas de miles de millones. De concretarse, el IPO de SpaceX no solo marcaría un hito histórico, sino que podría reactivar un mercado de salidas a bolsa que viene de varios años de parálisis.

 

 

En cuanto al calendario, el mercado trabaja con una ventana tentativa hacia mediados de 2026, especialmente el mes de junio. No se trata de una fecha confirmada, sino de una referencia operativa sujeta a condiciones macroeconómicas, regulatorias y políticas. Si el contexto se vuelve adverso, el debut podría postergarse hacia 2027. Lo relevante es que la empresa ya comenzó a ordenarse como si fuera pública, incluso antes de dar el paso formal.

El trasfondo político del movimiento es tan importante como el financiero. SpaceX no es solo una compañía que lanza cohetes. Opera una red satelital utilizada en conflictos armados, conecta territorios remotos y presta servicios críticos para gobiernos y fuerzas armadas. Su infraestructura forma parte del nuevo tablero geopolítico global. La pregunta que sobrevuela Wall Street y Washington es cómo se gobierna una empresa privada con funciones que rozan lo estatal, y qué ocurre cuando los intereses del mercado entran en tensión con los intereses estratégicos.

En ese escenario, el rol de Michael Grimes aparece como decisivo. Más que un banquero colocador, su tarea es diseñar una transición delicada: convertir un activo estratégico, complejo y políticamente sensible en una empresa pública sin desarmar su lógica de largo plazo. Si SpaceX finalmente llega a la bolsa, no será porque Musk necesite capital para sobrevivir, sino porque el proyecto espacial más ambicioso del siglo entra en una nueva etapa, en la que deberá rendir cuentas no solo ante el Estado y sus socios, sino también ante el mercado global.

El regreso de Grimes a la escena sugiere que ese momento se acerca. Y cuando ocurra, la salida a bolsa de SpaceX no será solo una noticia económica, sino un punto de inflexión en la relación entre tecnología, poder y finanzas a escala global.