NUEVAS TECNOLOGÍAS

Publicado 19/08/2026

Argentina tiene la tecnología para construir pequeños reactores nucleares, pero necesita capital y continuidad

Mientras Estados Unidos acelera la construcción de microreactores para abastecer centros de datos e industrias, Argentina cuenta con experiencia, recursos humanos y un proyecto propio. Sin embargo, los problemas de financiamiento, la paralización del CAREM y la falta de continuidad política todavía limitan sus posibilidades.
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Mientras Estados Unidos acelera la construcción de microreactores para abastecer centros de datos e industrias, Argentina cuenta con experiencia, recursos humanos y un proyecto propio. Sin embargo, los problemas de financiamiento, la paralización del CAREM y la falta de continuidad política todavía limitan sus posibilidades.

La carrera nuclear que comenzó en Estados Unidos podría abrir una oportunidad para Argentina. Empresas como Oklo, TerraPower, Kairos Power y X-energy buscan construir una nueva generación de reactores pequeños capaces de abastecer centros de datos, industrias y localidades alejadas de las grandes redes eléctricas. El renovado interés está impulsado especialmente por el crecimiento de la inteligencia artificial, que necesita cantidades cada vez mayores de energía estable.

Según informó The Wall Street Journal, Oklo comenzó a trabajar en Idaho sobre su primera central Aurora, un reactor rápido refrigerado por sodio que podría generar hasta 75 megavatios. La empresa, respaldada inicialmente por Sam Altman, ya firmó acuerdos vinculados con Meta y proyecta desarrollar hasta 1.200 megavatios de capacidad nuclear en Ohio.

El atractivo de estos reactores es que pueden instalarse cerca de los grandes consumidores, funcionar durante períodos prolongados y entregar electricidad las 24 horas sin emisiones directas de carbono. Sin embargo, la industria todavía está en una etapa inicial: fuera de Rusia y China, ningún pequeño reactor modular de nueva generación alcanzó una operación comercial consolidada. Durante 2025, las empresas estadounidenses del sector captaron alrededor de USD 2.900 millones, pero todavía enfrentan riesgos regulatorios, tecnológicos y financieros.

 

 

Argentina no parte de cero

Argentina tiene mejores condiciones que la mayoría de los países de la región para participar de esta carrera. Opera tres centrales nucleares —Atucha I, Atucha II y Embalse—, posee una autoridad regulatoria especializada, forma ingenieros en el Instituto Balseiro y cuenta con empresas e instituciones como la CNEA, Nucleoeléctrica, INVAP, CONUAR e IMPSA.

INVAP, además, acumula más de cuatro décadas de experiencia y ha exportado reactores de investigación y centros nucleares a distintos países. Actualmente participa en proyectos internacionales como el reactor PALLAS de los Países Bajos. Esa estructura industrial y científica constituye una ventaja difícil de construir desde cero y ubica al país varios pasos por delante de otras economías latinoamericanas.

La principal carta argentina es el CAREM, el primer reactor de potencia diseñado integralmente en el país. Su prototipo tendría una capacidad cercana a los 32 megavatios eléctricos y utiliza agua liviana, circulación natural y sistemas de seguridad simplificados. Aunque no es idéntico al reactor rápido refrigerado por sodio de Oklo, pertenece a la misma familia económica de los pequeños reactores: centrales compactas, escalables y pensadas para abastecer consumos específicos.

La diferencia central es que Oklo está avanzando con capital privado, contratos comerciales y el respaldo de la infraestructura del Idaho National Laboratory. El CAREM, en cambio, comenzó a construirse en 2014 y sufrió sucesivas interrupciones. Los recortes presupuestarios y la discontinuidad de las obras dejaron al proyecto sin un calendario confiable de finalización, pese a que Argentina fue uno de los primeros países del mundo en iniciar la construcción de un SMR.

 

 

Un nuevo proyecto privado para Atucha

El Gobierno argentino anunció en julio de 2026 que la empresa estadounidense Meitner Energy presentó una propuesta para invertir USD 1.200 millones en un reactor modular ACR-300 de 300 megavatios dentro del complejo de Atucha. El proyecto sería financiado completamente por capitales privados y demandaría alrededor de cinco años de construcción una vez obtenidas las autorizaciones correspondientes.

La iniciativa es, por ahora, una propuesta y todavía debe superar estudios técnicos, ambientales, comerciales y regulatorios. También deberá demostrar quién comprará la energía durante varias décadas y a qué precio. En los proyectos nucleares, contar con un cliente estable —un gran centro de datos, una minera o un grupo industrial— puede ser tan importante como conseguir el financiamiento inicial.

 

¿Puede Argentina construir un reactor como el de Oklo?

La respuesta corta es que posee buena parte de las capacidades técnicas, pero todavía no las condiciones económicas e institucionales necesarias para desplegarlo comercialmente.

Argentina podría construir reactores pequeños basados en su propia experiencia, asociarse con desarrolladores extranjeros o combinar tecnología internacional con componentes y servicios nacionales. Atucha aparece como el emplazamiento más lógico para una primera unidad porque ya dispone de conexión eléctrica, infraestructura nuclear, personal especializado y experiencia operativa.

También existen oportunidades en la Patagonia, donde los reactores pequeños podrían abastecer centros de datos, proyectos mineros, producción de hidrógeno o comunidades alejadas. Pero un microreactor como el de Oklo exigiría desarrollar o importar combustibles especiales, validar nuevos materiales y obtener licencias para una tecnología diferente de la utilizada actualmente por las centrales argentinas.

El mayor obstáculo no es científico. Es financiero y político. Un programa nuclear necesita inversiones sostenidas durante diez o veinte años, un organismo regulador independiente, técnicos bien remunerados, una cadena estable de proveedores y acuerdos que sobrevivan a los cambios de gobierno. La pérdida de profesionales y la paralización de proyectos estratégicos pueden destruir en pocos años capacidades que llevaron décadas construir.

 

 

Argentina tiene una posibilidad real de convertirse en fabricante, operador y eventualmente exportador de pequeños reactores. Pero para lograrlo debe decidir si terminará y escalará el CAREM, si adoptará tecnologías extranjeras como el ACR-300 o si desarrollará un esquema mixto que preserve la ingeniería nacional y, al mismo tiempo, atraiga capital privado.

Estados Unidos está transformando sus laboratorios nacionales en plataformas donde empresas privadas pueden probar reactores, fabricar combustible y conseguir sus primeros clientes. Argentina ya posee buena parte del conocimiento, la infraestructura y el capital humano. Lo que todavía le falta es convertir esos activos en una política estable y en proyectos comercialmente financiables.

La ventana existe, pero no será permanente. Si el país completa un primer reactor modular y demuestra que puede construirlo en tiempo y presupuesto, podrá ingresar en una industria global en expansión. Si mantiene las obras detenidas y cambia de estrategia cada pocos años, corre el riesgo de pasar de pionero tecnológico a simple comprador de reactores desarrollados en el exterior.