NUEVAS TECNOLOGÍAS

Por Valeria Franck

Publicado 21/05/2026

La virtualidad como expansión del espacio, no como sustitución

El debate sobre la presencialidad sigue ocupando titulares: volver o no a la oficina, sostener modelos híbridos, redefinir esquemas de trabajo. Pero, en muchos casos, la discusión queda mal planteada. El trabajo no dejó de ser físico. No dejó de ser colectivo. No dejó de ocurrir en un espacio. Lo que cambió es otra cosa.
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El debate sobre la presencialidad sigue ocupando titulares: volver o no a la oficina, sostener modelos híbridos, redefinir esquemas de trabajo. Pero, en muchos casos, la discusión queda mal planteada. El trabajo no dejó de ser físico. No dejó de ser colectivo. No dejó de ocurrir en un espacio. Lo que cambió es otra cosa.

Durante décadas, ese espacio estaba claramente definido: una oficina, un punto de encuentro, un lugar donde todo ocurría de manera simultánea. Hoy, ese esquema se expande. El trabajo ya no está contenido en un único espacio, sino en un sistema de espacios interconectados que operan en simultáneo. Hogares, oficinas, coworkings, aeropuertos, cafés. Lugares distintos, coordinados en tiempo real.

La virtualidad no reemplaza al espacio. Lo multiplica. Esta expansión no ocurre de manera espontánea. Está sostenida por una capa tecnológica que permite coordinar, sincronizar y operar en tiempo real entre múltiples espacios. Plataformas de trabajo, sistemas de comunicación, herramientas colaborativas que hacen posible que el trabajo funcione sin necesidad de concentración física. Pero esta lógica no es neutra. Organiza tiempos, define ritmos, establece prioridades. Permite una libertad mayor en términos de ubicación, pero, al mismo tiempo, introduce nuevas formas de coordinación que no siempre son visibles.

Esta nueva lógica empieza a tener efectos concretos en la ciudad. Si el trabajo ya no se concentra en un único punto, los flujos también se redistribuyen. Las centralidades tradicionales pierden parte de su intensidad, mientras que otros espacios —más cercanos, más flexibles— empiezan a ganar protagonismo. La cercanía adquiere otro sentido. Ya no se trata solo de estar cerca del lugar de trabajo, sino de contar con entornos capaces de acompañar nuevas formas de uso: espacios intermedios, infraestructuras más livianas, ámbitos que permiten trabajar, reunirse o conectarse sin necesidad de responder a una lógica rígida.

 

 

La ciudad se vuelve más difusa, pero también más diversa. En ese contexto, la virtualidad no elimina el espacio físico: lo reconfigura. Cada conexión digital ocurre desde un lugar concreto. Cada reunión remota tiene un soporte físico. Cada sistema virtual necesita infraestructura, energía, territorio. Lo que cambia no es la existencia del espacio, sino su forma de organización.

El trabajo deja de depender de un único contenedor y pasa a operar como un sistema distribuido, donde distintos espacios cumplen roles complementarios dentro de una misma lógica. En ciudades como Buenos Aires, este proceso ya es visible, aunque no siempre se lo lea como tal. El microcentro enfrenta procesos de reconversión. Los barrios residenciales incorporan nuevos usos. Los espacios intermedios —cafés, coworkings, áreas compartidas— empiezan a asumir un rol más activo dentro de la dinámica urbana. Sin embargo, esta transformación todavía se da más como consecuencia que como estrategia. Y ahí aparece una oportunidad.

 

 

Porque si el trabajo ya no depende de un único espacio, el desafío no es reemplazar la oficina, sino repensar el sistema completo: cómo se distribuye, cómo se articula, qué tipo de espacios necesita. Pero hay algo en esta transformación que vale la pena poner en tensión.

La expansión del trabajo a múltiples espacios suele leerse como una conquista de libertad: elegir desde dónde trabajar, cómo organizar el tiempo, cómo distribuir la vida cotidiana. Y, en parte, lo es. Pero esa libertad también está mediada. Porque el sistema que hace posible esa expansión no es neutral. Plataformas, herramientas y algoritmos que organizan tareas, tiempos y prioridades terminan estructurando el trabajo de maneras que no siempre son evidentes. La coordinación ya no ocurre en un mismo espacio físico, pero tampoco desaparece. Se traslada. Y, en ese traslado, muchas veces se vuelve más intensa, más constante, más difícil de delimitar.

El trabajo se vuelve más flexible en el espacio, pero más exigente en el tiempo. Más distribuido, pero también más continuo. La virtualidad no desmaterializa el trabajo. Lo expande. Amplía sus posibilidades, multiplica sus escenarios, redefine sus límites. Pero, al mismo tiempo, exige una nueva forma de pensar el espacio. No alcanza con adaptar lo existente. Hace falta entender que el trabajo ya no habita un lugar, sino una red. Y que, en esa red, el espacio físico no desaparece. Cambia de rol. Y ahí está, quizás, la verdadera oportunidad: no en elegir entre presencialidad o virtualidad, sino en diseñar conscientemente estas nuevas formas de habitar el trabajo, entendiendo que la tecnología no reemplaza al espacio, sino que amplía —y complejiza— la manera en que lo usamos.