Durante años, los videojuegos fueron señalados como una pérdida de tiempo, una amenaza para la concentración o incluso un problema para la salud mental. Pero nuevas investigaciones empiezan a discutir esa mirada. Un estudio liderado por Western University, en Canadá, encontró que las personas que juegan videojuegos con frecuencia obtuvieron mejores resultados en pruebas cognitivas que quienes no lo hacen o juegan menos.
El dato es potente, pero hay que leerlo con precisión. No significa que “la OMS confirmó que los gamers son más inteligentes”. La investigación compara sus resultados con las recomendaciones de actividad física de la Organización Mundial de la Salud, especialmente los 150 minutos semanales de ejercicio, pero el estudio fue desarrollado por investigadores académicos, no como una declaración directa de la OMS.
Según los investigadores, jugar videojuegos se asoció con mejores habilidades cognitivas, mientras que realizar actividad física se vinculó más claramente con mejoras en el bienestar mental. En otras palabras: el gaming apareció relacionado con rendimiento cognitivo, y el ejercicio con salud emocional, aunque ambos hábitos deben entenderse dentro de una vida equilibrada.

La explicación posible está en el tipo de exigencia que plantean muchos videojuegos modernos. Jugar puede requerir atención sostenida, memoria de trabajo, velocidad de reacción, toma de decisiones, coordinación visual y capacidad para resolver problemas en escenarios cambiantes. A diferencia de una actividad completamente pasiva, ciertos videojuegos obligan al cerebro a procesar información, anticipar movimientos y adaptarse de manera constante.
El estudio no sostiene que todos los videojuegos sean beneficiosos ni que jugar muchas horas sea automáticamente positivo. La diferencia es importante: no es lo mismo un juego de estrategia, acción o simulación que una experiencia repetitiva diseñada solamente para retener al usuario frente a la pantalla. El impacto puede variar según el tipo de juego, la edad, la cantidad de horas, el contexto social, el descanso y la relación con otras actividades.
También hay que marcar un límite científico. La investigación muestra una asociación, no una prueba definitiva de causa y efecto. Es decir, puede ser que jugar videojuegos ayude a entrenar ciertas habilidades cognitivas, pero también puede ocurrir que personas con mejor rendimiento cognitivo tiendan a elegir más este tipo de juegos. Esa diferencia evita transformar un hallazgo interesante en una afirmación exagerada.

La Organización Mundial de la Salud, de hecho, mantiene una posición prudente y advierte que hay que prestar atención cuando el gaming desplaza otras actividades, afecta el sueño, deteriora vínculos sociales o impacta en la vida cotidiana.
La lectura más rigurosa es que el gaming puede tener beneficios cognitivos en determinados contextos, pero no reemplaza el descanso, la actividad física, la vida social ni los hábitos saludables.
Para la industria tecnológica, el dato es relevante porque confirma una tendencia de fondo: los videojuegos ya no son solamente entretenimiento. También funcionan como plataformas de aprendizaje, entrenamiento, simulación, investigación científica y desarrollo de habilidades.
En un escenario atravesado por la Inteligencia Artificial, la realidad virtual y los entornos inmersivos, el gaming se convierte en una de las interfaces más importantes entre humanos y tecnología. La pregunta ya no es solamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino qué tipo de experiencia cognitiva, social y emocional construimos dentro de ella.